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LA PREGUNTA DEL DIA

Viejos tiempos: los añoras?

enero, 2020

Recibir una carta de puño y letra, quedar con amigos cinco días antes de la cita, mirar hacia adelante mientras caminas.

La tecnología nos ha conectado con el mundo, nos ha abierto puertas insospechadas, avanzamos a pasos descomunales.

Hoy podemos hablar con gente a veinte mil kilómetros con sólo conectar la videocámara y sentir que estamos compartiendo un café en el mismo lugar.

Compramos artículos hechos en países que no conocemos, y a los pocos días los estamos disfrutando.

Planeamos viajes pudiendo escoger hoteles, coches, excursiones, navegando en visitas 360 que nos transportan antes de estar allí.

Todo va a la velocidad de un rayo, tenemos dolores de nuca por estar gran parte de nuestros días mirando el móvil y nos comunicamos por mensajes de texto.

Nos enojamos cuando vemos que lo leen y no nos responden, pero no pensamos que quizás esa persona esté ocupada o no tenga cobertura.

Las salidas de los sábados con amigas para ir de compras ya casi se han extinguido, y lo hacemos a solas y por internet.

Ahora nos vestimos de cintura para arriba para una entrevista de trabajo que haremos desde casa, porque el tú a tú se está perdiendo, y la posibilidad de una sonrisa se extingue.

Es todo tan rápido que casi no disfrutamos de lo mínimo, y sentimos como un logro hacer lo cotidiano.

Las nuevas generaciones han nacido en este mundo y no conciben el hecho de que hubiésemos sobrevivido sin todo esto.

Y no conocen los teléfono fijos de disco, no saben como escribir una carta, porque todo lo hacen con imágenes y palabras abreviadas.

Muchos han perdido el sentido del compromiso al cancelar cinco minutos antes una cita con un amigo que ha gestionado su tiempo para verse.

Puede que a muchos esta vida vertiginosa les apasione y sientan que tienen que estar al día con todo, deseando que la jornada tenga treinta y ocho horas y no veinticuatro.

Pero no son conscientes de la infinidad de cosas que se están perdiendo por no tener la mirada en alto, por no intentar probar algo diferente, por no parar un momento y elegir.

Tengo amigos que no tienen Instagram ni Facebook, ni el último modelo de móvil, y siguen vivos. Brindo por eso.

Seguimos viéndonos y respetando el encuentro, la hora, el lugar.

Sentimos que estamos porque hemos tenido la gran dicha de vivir aquello y esto, aunque no sepamos muy bien como domesticar la tecnología.

Queremos aprender y enseñar, para sumar e intentar congeniar con lo que se ha reemplazado.

Todo es tan rápido que casi no disfrutamos de lo mínimo, y sentimos como un logro hacer lo cotidiano.

Yo busco incansablemente momentos para poder leer un libro, oler sus páginas, acariciar las letras.

Sigo escribiendo cartas en hojas perfumadas y disfruto pegar las estampillas y el camino hacia el correo.

Marco un número para hacer esa llamada cuando quiero saber de alguien, y así escucharnos las voces (y las risas).

Prefiero una charla con una copa de vino y anécdotas, a las webcam y los mensajes de texto.

Sigo, a pesar de los avances, queriendo tener un poco de antaño. Simple y feliz.

Disfrutando de lo diminuto que pueda ser.

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